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En Moraditas los niños estudian en una pesebrera. Septiembre 4 de 2015

Me encanta Santa Fe de Antioquia, el único sitio al que me gusta volver una y otra vez. Pero de Santa Fe de Antioquia sólo conozco su centro histórico, que ejerce sobre mi una atracción inexplicable,  es decir la plaza empedrada y sus alrededores, y , eso sí, una que otra hostería.

Lo que más me gusta de este lugar es degustar, antes de devolverme para Medellín, una refrescante cerveza en su enorme parque a la sombra de uno de sus frondosos árboles , beberla a sorbos…

Nos programaron de la empresa contratista para cubrir la socialización de una nueva escuela que estaban construyendo en la Vereda Moraditas, jamás la había escuchado mencionar, luego de cruzar el puente, justo  a la entrada de Santa Fé, se desvía uno a la izquierda, como si fuera para Anzá, y después de unos 40 minutos, por vía destapada, se llega al lugar donde los constructores de la escuela se ingeniaron, ingenieros al fin y la cabo, un cable para subir los materiales y evitar de esta manera el transporte mular.

Del “ cable” pende un cajón de hierro, ideal para subir adobes, sacos de cemento, arena en tarros, en fin. Y ahí nos subimos nosotros, resultaron más patos de la cuenta ese día y me tocó enviar primero al camarógrafo y luego al fotógrafo y montarme en el séptimo viaje con una chica de la Gestión Social, bastante nerviosa por cierto, a quien le recomendé no mirar para los lados, concentrarse en su bolso, acomodado entre las piernas.

El desplazamiento fue absolutamente supersónico, 7 minutos entre la carretera y la cima de la montaña, con un paisaje precioso, pero la verdad, acostumbrada como estoy a todo tipo de transporte, este si me dio vértigo, pensar en una falla del cable y el posterior descalabro desde una altura de 80 metros sobre una montaña pedregosa, me puso a pensar en todo lo que aún me necesitaba mi adolescente hijo, lo que podría pasar de quedar huérfano y las penurias para regresarse de un país solo y sin dinero. Por fortuna el cable y el cajón resistieron, decidí además, desde entonces,  no comer tanto chicharrón.

Llegamos a la cima, la fiesta ya había comenzado, Andrés y Claudio ya había disparado sus respectivos aparatos y llegué justo para hacer entrevistas, los niños no cabían de felicidad y una y otra vez preguntaban si era cierto que esa sería la nueva escuela, contarían con biblioteca, sala de informática, salones para cada grado, restaurante y un patio para el recreo.

Los chicos corrían, se descubrían unos a otros por entre las ventanas, saltaban, estaban impresionados! Nosotros no entendíamos tantísima dicha. El Alcalde de Santa Fe les explicaba las bondades de una educación cómoda y el Gerente de la Hidroeléctrica las bondades de una empresa que generaba energía y nuevas oportunidades para la población estudiantil.

En medio de mi ignorancia le pregunté a una de las docentes que si entonces los niños no estaban asistiendo a clase, y me contestó que ni riesgos, que las clases no se interrumpían. que estaban ahí abajito.

Entonces con mi equipo de trabajo decidimos ir a ahí abajito, para poder realizar un video con el antes y el después. La sorpresa fue mayúscula, los chicos, unos 50, estaban asistiendo a clases en una pesebrera prestada por un habitante de la vereda, con los pupitres en la tierra y un tablero improvisado. A los de primaria, todos  en un mismo espacio,  la profe ponía un ejercicio para el grupito de primero, y mientras lo realizaban explicaba en el tablero la lección de matemáticas para segundo y luego revisaba lo dejado a tercero y después pasaba al grupo de cuarto a resolver la sopa de letras y finalmente a quinto para despejarles dudas sobre la actividad de religión.

En el mismo lugar pero separados por unos plásticos verdes, estaban los chicos de bachillerato, que además debían cubrir parte del salón, con otros plásticos o del contrario la insolación acabaría con sus deseos de aprender. La profe de ellos , todos juntos también, es decir todos los grados de sexto a undécimo en un solo recinto, estaban preparando una actividad para conmemorar el 12 de octubre. Me pregunté ¿Qué era lo que querían conmemorar? Estaríamos dos mil veces mejor sin ese descubrimiento.

Realizamos imágenes y fotografías de esos niños, que querían aprender, pese a todo, y de esas maestras abnegadas, pacientes y entusiastas, tratando de motivar y dar lo mejor de sí. No habían quejas, ni reclamos, ni alusiones al espacio, todo lo que preguntaban y respondían tenía que ver con sus actividades escolares.

Al despedirnos las profes los mandaron al descanso, los chicos sacaron las coquitas de almuerzo de sus mochilas y buscaron entre los árboles y el jardín circundante algo de sombra para comer lo menos incómodos posible. Almorzaban porque desplazarse hasta su lugar de vivienda en algunos casos les tomaba más de una hora. ¡Una hora para estudiar en una pesebrera!

Decidimos bajar el resto de montaña caminando, ya no quería volar más , más bien tener mis pies bien puestos sobre la tierra, porque entendí la felicidad de aquellos niñ@s ante la perspectiva de un verdadero espacio académico.

Comprendí, en parte, porque nuestra educación siempre queda en la cola de las pruebas internacionales ¿Sin condiciones mínimas, como aprender más y mejor? Y me sobrecogí al pensar en esas docentes con una vocación que va más allá de la pasión, porque en el ratico que tienen para descansar ellas, preparan además los refrigerios para ellos, los niños y niñas que asisten cumplidamente a sus clases.

Por: Sandra Jaramillo.

No deje de seguirnos…la próxima semana tendremos una nueva crónica que refleja por qué los periodistas amamos tanto nuestra profesión, así muchas veces nos acerque al peligro.

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