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Eventos en Medellín

12ª PUEBLIADA ROTARIA A VIRGINIAS CON ESCRITOR A BORDO

Textos, fotos y edición de J. Enrique Rios, con aportes de Carlos Eugenio González y José de los Ríos.

1 Hacía muchos años que yo no regresaba a mi pueblo de donde me fuí en 1952: la estación Virginias del antiguo Ferrocarril de Antioquia. Mis compañeros rotarios puebliadores me propusieron el homenaje de ir a conocer ese, ahora caserío , semi-desierto y abandonado por sus cuatro costados, que antes fue aldea y hasta corregimiento de cinco mil habitantes y que ahora tiene poco menos de mil, a muchos de los cuales no les importa nada de lo que pase allí.2

Nuestro itinerario inicial era llegar en el carro hasta Caracolí (foto), visitar el Hospital, y bajar hasta Virginias, en moto-rodillo -una de las principales experiencias y atractivos en este viaje- vehículo precario que ya habíamos contratado (cinco mil pesos por persona). Pero temprano nos avisaron desde Virginias, que no nos fuéramos por ahí porque en la noche anterior había caído tremendo aguacero que provocó tres derrumbes sobre la carrilera, y otros tantos en la trocha Caracolí-Virginias, propia solo para camperos o camionetas 4X4, como la de nuestros ingeniero de cabecera, Carlos Eugenio Gonzalez, en la que hacemos estos apasionantes recorridos. Salimos a las 5 en punto de de la mañana, cumplidos como siempre.

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Tinto de por medio (foto) en los comederos de Porce, y chistes de todos los colores en el recorrido-, antecitos de las 8 de la mañana ya estábamos recogiendo en su hermosa finquita, abajo del Alto de la Quiebra antecitos de Cisneros, a nuestro invitado excepcional, Juan José Hoyos, escritor y maestro de la crónica. Su esposa doña Martha Velez Moreno, oriunda de Santo Domingo la tiene repleta de orquídeas que cultiva con científico empeño. Caramelo, el perro amigo fiel, salió a la puerta adelante de nuestro invitado y nos dio la bienvenida oficial. Juan José Hoyos siempre quiso ir a conocer Virginias, después de haber leído mis tareas describiéndola, en el curso de literatura de no ficción que hice en Eafit bajo su tutela. Además, abrigaba la esperanza de encontrar nuevos temas para sus escritos.4

Aceptó a pesar de advertirle que sería un viaje incómodo por tener que ir tres en la segunda banca del carro, y más, al lado del “desganado” y del médico profesor. También le advertimos que se tendría que aguantar los chistes y las mamadas de gallo de estos puebliadores. Juan José con la humildad franciscana que le caracteriza, -anteponiendo su interés periodístico en esta experiencia- aceptó todas estas incómodas condiciones y se arriesgó decididamente a irse con nosotros. A los 15 minutos, -antes de llegar a Sofía- ya se había aclimatado.

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Paramos a desayunar en San José del Nus. Juan Santiago sabía cuál era el mejor sitio allí y tenía razón. Se abalanzó sobre la vitrina de los chicharrones y nos dio el ya conocido mal ejemplo, amparándose en lo que decía el finado Jesús de los Ríos médico hermano de José, a bordo: corazón que no resista chicharrón de 20 patas, no merece latir.

Tanqueados, reanudamos nuestro viaje, dejando al lado derecho la ruta hacia Caracolí, y subido al Alto de Dolores, partidas para Maceo, continuamos hasta cercanías de El Vapor, 20 Kms. antes de Berrío, donde abandonamos la via central, que en pocos años será de doble calzada, para iniciar el recorrido de 12 Kms. de la trocha hacia Virginias.6                                        La trocha a Virginias -12 Kms., por San Francisco

A propósito del nombre de Virginias, Carlos Eugenio, el ingeniero, a falta de más derrumbes, se puso a escarbar a ver donde encontraba la historia del nombre y esto fue lo que nos contó:

“Hay pueblos en Antioquia que para escribir de ellos hay que hacerlo del Cubano Francisco Javier Cisneros y de su ferrocarril. Hoy la idea es hablar de Virginias, la tierra de Jota Enrique, o mejor, la estación de Jota. Empecemos pues: Me he leído jijuemil libros sobre el Ferrocarril de Antioquia y en ninguna parte, ni siquiera Don gugol  me cuenta porqué se llama Virginias la estación.

Toboncito estas aliviado ? Le preguntó una mañana Francisco Javier Cisneros  a un peón que le pidió trabajo en Remolinos y que le acompañó abriendo trocha desde Berrío para el trazado del ferrocarril. Así se diseñaba antes, con mula peinilla y cadena de medir.
-Regularcito patrón, pa’que soy bueno, le contestó Tobón.

-Andáte Pa’onde misia Virginia y traeme un sancochito que me dicen que los hace muy buenos, que me parto de hambre; cojé la mula rucia a ver si llegás temprano.
-Virginias patrón, Virginias porque la hija se llama igual que la madre y también ayuda.
-!Ve este!,  y desde cuando acá conoces tanto? Volá pues y contale  que voy a pasar el tren por el frente de su casa y hasta estación vamos a colocarle pa’que me ceda el lotecito del que le hablé y poder así pasar el tren por allí.
-Tráete por ahí derecho una media de aguardiente, mejor dos y fijate a ver si Jota Enrique está por allá engordando sus chivas de mañana, como sólo él sabe.
-Ese se fue a estudiar para cura, don Francisco, me contaron que  anda por allá en Yarumal. – Buena gente ese Jota, espero que le dure la vocación, apuesto a que se vuela Pa’ Medellin a montar en bicicleta. (Apostó y ganó)”

Mis compañeros rotarios, querían conocer cara a cara, las realidades actuales de este pueblo, abandonado por todos, animados por las descripciones que habían leído en “Vida Conquistada”, mi primer libro que salió de las tareas del curso de literatura de no ficción en Eafit que nos dictó Juan José Hoyos, compañero de puebliada hoy, gran maestro de la crónica y quien me enseñó de esas cosas. Vida Conquistada fue mi primer libro. En él cuento la historia de mi niñez en el campo, montaña adentro, donde no había luz eléctrica, ni radios, ni radiolas, ni pianos de colores, ni cometas para ser acariciadas por el viento que soplaba en la finca de los García donde nací.

Cuento también en sus primeras páginas el impacto que me causó conocer el tren y sus locomotoras negras, gigantes; sus ruidos y sobre todos sus olores cuando a los 7 años, me sacaron por primera vez de la montaña al pueblo. El maestro Ramón Vasquez me llamó después de leer en mi libro la descripción que hice en él, de esa escena, para decirme que quería pintar ese cuadro por haberla vivido él personalmente, en forma idéntica, pero en la Estación Hatillo, cuando lo trajeron a Medellín desde su pueblo natal, Ituango. Fue cuando conocí los rieles, la luz eléctrica, el agua que sale por un tubo, el sonido de las campanas de una iglesia.

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Al llegar a Virginias hoy, despertaron en mi mente los recuerdos de ya lejanos años cuando este caserío era una gran centro ganadero de leche y de engorde, maderero, agrícola, y calero. Si bien, por entonces, el pueblo despertaba de su modorra permanente, que subsiste, a la hora de pasar el tren de pasajeros hacia las siete u ocho de la mañana, subiendo hacia Medellin (137 Kms.) o el bajando por la tarde, hacia la una o dos,   hacia Puerto Berrio (a 48 Kms.) que traía los periódicos El Colombiano y El Correo, y a cuyos pasajeros que descendían les llevábamos sus equipajes hasta la casa por una simple moneda de propina.

Virginias ya no tiene tren, ni pasan por allí las locomotoras de vapor que subían lanzando crespos de humo negro por su chimenea, cuyo olor aún conservo, o candela por su barriga que me asustaba. Tampoco se oye ya el estrepitoso avanzar de sus ruedas grandísimas con bordes amarillos sobre los rieles o el movimiento de sus bielas movidas por el vapor de su caldera tubular gigante; ni se escucha ya el pitido que desde lejos aprendíamos después a identificar de qué locomotora provenía.   Tampoco en la mañana suben, una tras otra, las locomotoras arrastrando carros-jaula repletas con ganado para la feria de Medellín o con carro-tanques de combustible, o plataformas cargadas de pacas de algodón de la costa para la textileras de la ciudad. Carga que acumulaban en Pavas, la estación siguiente, y después se descolgaban hasta la Estación Monos, iniciando allí su recorrido Rio Nus arriba, pasando por Caracolí, La Gloria, Gallinazo, San José del Nus, Providencia, Guacharacas, Sofia, Cisneros etc.

Ya no pasan por Virginias, bajando, largos trenes de vagones de carga vacíos, que después los suben cargados de mercancías para la gran ciudad. Viví en esta duodécima puebliada nostalgias que a momentos, a escondidas de mis compañeros, me anudaban la garganta, con recuerdos atropellados.

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De las tres líneas de parqueo que tenia la Estación, solo queda una. De las otras dos no quedan sino los muñones del cambiavías, como se ve en la foto. Se las robaron a pedazos, riel por riel, que ahora se ven como cercas en muchos corrales de fincas aledañas. Tampoco existe ya la acera central, que en mi época era el único tramo cementado del pueblo, anden que sirvió también de pista para que el niño rico del pueblo aprendiera a montar en la primera bicicleta que un 24 de diciembre llevó el Niño Dios a Virginias, acera que facilitaba la subida o la bajada a/o de los vagones de pasajeros del tren, lo que cuento en detalle en mi nuevo libro, en preparación, continuación de Vida Conquistada .

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¿Que vi ahora al regresar con mis compañeros? Soledad, desempleo (ver foto del kiosco) , pobreza y miseria, desgano, falta de liderazgo y abandono por todos lados. Vi las huellas en extinción del camino del tren de mi niñez.

Huellas, tapadas por la hierba y el abandono. Paralelas férreas agonizantes por donde solo ruedan, cuando no caen derrumbes que tapen la vía, los carritos de rodachinas, impulsados por una motocicleta (moto – rodillos les llama la gente), único medio de transporte que conecta con Caracolí en 40 minutos, o con Berrío en 2 horas y media. También hay una trocha carreteable hacia Caracolí, hecha con las uñas, a pico y pala, a pesar de la oposición de muchos interesados en atajar el progreso, via que se interrumpe por los derrumbes cada que llueve.

14Vi abandonados y sucios, un Centro de Salud y el edifico siguiente de dos pisos (casi que en obra negra o gris) que nos ayudó a construir (1977) el entonces gobernador Jaime Sierra Garcia, con la intención de ubicar en ella la inspección y la policía que después retiraron por miedo a la guerrilla. Ya nadie cuida al pueblo que vive sin Ley. La oficina telefónica que también desapareció ya y que había ayudado a montar Edatel. Igualmente desapareció también la única farmacia del pueblo, la de Juan Velez). El municipio de Puerto Berrío, se olvidó de Virginias, su corregimiento. A principio del año, recién posesionado, el joven alcalde, Jaime Andrés Cañas Morales, me prometió que le iría a parar bolas a este corregimiento, pero hasta ahora, nada de nada, ni siquiera la reapertura del centro de salud, que es lo más urgente. Mientras tanto, el Hospital de Caracolí, presta, por delegación alguna asistencia   y paga el trabajo de prevención y promoción (PP) de la auxiliar Margarita Gomez.

Vi un parque infantil contiguo abandonado, destartalado, sin juegos, enmalezado. Aníbal Gaviria me regaló cuando fue gobernador uno de sus parques para Virginias. Lo envió pero el chofer llegó con él fue a la estación siguiente, Cabañas y lo descargó allá, donde fue instalado. Los niños de Virginias no tienen dónde jugar, ni los adultos dónde hacer ejercicio físico. También el edificio del colegio de bachillerato que nos ayudó a construir y dotar (1988) el gobernador Fernando Panesso está cerrado y abandonado. De las siete u ocho tiendas o Cacharrerías que había, ya no queda ninguna. Solo tres chusitos con alguna ropa, y chucherías, especialmente para niños, en cosecha permanente. Solo una de víveres, la de Francisco Eladio Cadavid (asaltada hace poco por un grupo de delincuentes que merodean por allí) que sirve de proveeduría y de agente de pagos a los trabajadores de casi todos los finqueros de la región, a pesar de su surtido limitado por la escasa demanda, debida a su vez al exiguo poder adquisitivo de los pocos habitantes del caserío. Tres más, una del que llaman “Chaco”, otra de un Alcides y la tercera de Javer, forman un singular sistema de monopolio local peleándose la clientela en competencia con Cadavid.

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De paso anoto que la única fuente de empleo en Virginias , precario además, son las fincas, que casi todas han cambiado tres y cuatro veces de dueños (Managua, La Sarita, Bengala, La Hermilda, Las Brisas, El Porvenir, Normandía, Horizontes, Calamar, San Francisco, La Esmeralda, El Encanto, La Humarada, Bellavista, Guadual, La Victoria, Las Camelias, de las que recuerdo así de paso). La construcción que está empezando, de una pequeña hidroeléctrica en las cercanías, ilusiona a los desocupados del pueblo.

Vi el acueducto por gravedad -agua sin tratamiento- que nos ayudaron a construir entre 1977 y 1988, peso por peso, los gobernadores Jaime Sierra García, Rodrigo Uribe Echavarría y Fernando Panesso, quienes me aceptaron en su momento, la invitación de ir y fueron a Virginias y palpar sus necesidades. Ojalá corramos son suerte similar con Luis Pérez Gutiérrez y acepte conocer una realidad que hay que verla para creer en ella. Contábamos en esas épocas con el entusiasta liderazgo de la primera Junta de Acción Comunal que dirigía con gran espíritu y eficiencia Guillermo Muñoz, jubilado del Ferrocarril, hasta cuando llegaron a ella politiqueros de oficio.

Vi la escuela donde estudié mis tres únicos años de primaria (1949, 1950 y 1951) lo único que había, con nuevo techo esta vez verde ya no de teja como en mi tiempo. Los salones gigantes de mi niñez, los vi pequeñitos ahora, pero con profesoras y niños, pocos sí unas y otras otros, pero entusiastas todos. Salí de ese salón con la angustia de no saber qué suerte les espera a estos niños y niñas, en un pueblo tan abandonado por todos, símbolo del “mundo de tiñosas”, como en la película del paisano Diego Gómez,. Una de las niñas se le acercó cuando salíamos, al escritor y periodista Juan José Hoyos para decirle que ella quería llegar a ser periodista y escritora también.

Visitamos luego la iglesia, tan grande como las necesidades del pueblo y nos dirigimos, luego al barrio La Vega de no mas de diez casitas, algunas de bareque, donde vive Olga Rios, mi hermana de 84 años y quien padece desde hace 50 de los efectos de las várices. Con el espíritu desgarrado por lo que habíamos visto, pero con el estómago pidiendo almuerzo, llegamos por fin a la casa de mi hermana, donde una de sus nietas -Girlesa, hija de Pacho Feo y Lucía llamada “la mona”, nos había preparado, como almuerzo un inolvidable abundante sancocho de gallina, rematado con una sabrosa mazamorra, servido con la ayuda de otra nieta Luz Mari, huérfana de madre que murió sin asistencia médica, ni primaria siquiera, pues no había enfermería en el pueblo. Mary le ayuda a la abuela en las labores de la cocina. El aguacate lo habíamos llevado nosotros, junto con seis mercaditos básicos que fueron repartidos entre algunos vecinos, a nombre del Club Rotario Medellín. Juan Santiago perdió el habla, al ver (foto) lo que nos habían preparado para almorzar, advertidos de su muy animado apetito.

Carlos Eugenio Gonzalez, tan impactado por todo lo bueno y malo que vio, aportó sus sensaciones vividas, en los siguientes párrafos. “Llegamos a Virginias en carro porque en moto-rodillo no se pudo por los derrumbes caídos la noche anterior sobre la carrilera.

No más estacionamos el carro, cuando salió todo el mundo a saludar a Jota. No estaba la banda del pueblo porque ya no hay banda y del pueblo queda poco. La que si salió fue Margarita Gómez, auxiliar de enfermería, que Jota un día mandó a estudiar el Sena en Medellín, para que trabajara aquí. Eran tiempos del Gobernador Jaime Sierra García, quien puso la condición de que la enfermera fuera del pueblo, porque nadie más se vendría a este rincón del departamento. Nos esperaba  también, Héctor Hernán Monsalve, vice – presidente de la Acción Comunal de quienes queríamos conocer la problemática del Centro de Salud.

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Nos llevaron a la enfermería o mejor a lo que fue el Centro de Salud abandonado y que la gente lo ven con la esperanza de que el alcalde de Puerto Berrío se acuerde de ellos y lo reabra algún día. !Dios mío ! Y si se enferma alguien? Me pregunté. Pues se alivia solo o se muere, así de simple.

Caminando por la carrilera subimos a la escuela. Los niños estaban esperando a que un hijo ilustre del pueblo les contara sobre sus famosas chivas y Jota con el corazón en la mano les habló desde el alma de su vida conquistada.  No faltó el discurso del médico de Los Ríos que se sentó en la pucha. Desde la puerta de entrada vi a Juan José Hoyos nuestro ilustre invitado, escuchando y tomando atenta nota. En alguna parte, algún día, quedarán plasmados sus apuntes de ese día. Y yo, que me senté en los pupitres de atrás, recordando mis tiempos de estudiante mamagallista  hasta que me miraron golpeado y salí con mañita para la iglesia, ahí cerca, pasando la calle, y que fue donde Jota empezó como acólito cuando la misa era en latín. Esto de saber todas las oraciones en latín, fue mas tarde su ventaja comparativa en el Seminario. Los Puebliadores rotarios siempre vamos al templo a borrar chulos de la izquierda. Busco a Maria Auxiliadora,  la que me manda y me protege; no la encontré. Estaba si nuestra señora de El Carmen patrona a quien está consagrada esta iglesia. Una oracioncita por nuestro país y salí al atrio a divisar el pueblo. Apareció el párroco sacerdote Iván Jimenez y también Juan Santiago con cara de arrepentido. ¿De qué se confesará? Seguro de los chorizos y morcillas que deja por ahí.

Llegó la hora esperada, la hora del almuerzo. Le volvió el alma al cuerpo a nuestro tesorero, pero antes de llegar a la mesa le escuchamos el siguiente diálogo con un campesino:
– Arias, qué tenés en ese costal. Y arranca la negociada del Doctor Villa.
– !Tengo naranjas y mandarinas para la venta! “mi dotor”.
– A cómo las tenés? !Esperaba, como hace todo el mundo negociando, que venía la desacreditada del producto para buscar rebaja, pero no!

-Están bien dulces me imagino. A cómo la docena, le pregunta el doctor Villa y a renglón seguido le ofreció:

 – Te doy tres mil por todo pa’que no te pongás a contar.
-Cuatro mil valen, cuente y verá todas las que hay.

!Ya está muerto Juan Santiago pensé, ya soltó la prenda!

– Te doy cinco mil y me encimáis el costal.

Ya no entendí nada: le ofreció más de lo pedido y lo justificó con el costal; esa es la manera de ayudar de nuestro Tesorero.  Rotario tenía que ser
! Se infria el almuerzo !

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               Santiago nos tomo ventaja con los pescuezos rellenos. No le dieron un brinco.

Por una caminito bien empinado y culebriado pero revestido de concreto rayado para evitar cualquier caída en su pendiente y luego en tierra “barrida”, con su puente envarandado, llegamos a nuestro destino. Al otro lado de la quebrada, en fila, estaban las casitas de los parientes de Jota. Saludamos y entramos a la casa de Doña Olga Rios su hermana quien con sus sobrinas nos esperaban;. La mesa impecable al lado del solar. Me llamó la atención un gallo plumicolorado gritando a voz de cuello:  “de la que me salvé… kikiriquíiii”.

Me senté aconductado cuando van llegando esos platos hondos, pero bien hondos,  humeando y regando ese olor a sancocho por todo el vecindario. No sé qué pensaba Juan Santiago pero se sentó lo más cerquita que pudo de la cocina, hasta que se fue a revisar y salió con dos pescuezos rellenos como de cuarta de largos ¿Cómo hará? siempre me pregunto, y será que hoy si le hace más el ojo que la barriga? !Pero nada!  Al momento  habían desaparecido los dos pescuezos y el sancocho.

-Voy por una cervecita- dijo nuestro huésped Hoyos y salió un momento a la carrilera, distante unos 50 metros. Regresó al ratico con una media de aguardiente. Qué envidia pero estoy manejando. Me acordé de mi papá. Él no tomaba casi para no decir nada, pero en estos casos de mucha grasa y alta temperatura sacaba la media del carriel Jericuano. Creí que todo estaba consumado cuando llegó la mazamorra en tazón de peltre, con dulce macho y todo. Iban a ser ya las  dos y me entró el afán. Nos despedimos con la promesa de volver y salimos a la carrilera; cuando se me arrimó Jota a echarme el cuento del paseo en la motorrodillo y dije:

– Vamos, pero diez minutos no más que estamos bien lejos; contesté. Aquí termino, !qué experiencia! Más adelante les cuento la historia de Francisco Javier Cisneros, para que aprendan.

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Bien, nos fimos en moto-rodillos hasta La estación Monos, donde la vía férrea alcanza la orilla del rio Nus y sigue por ella hasta Cisneros donde nace éste. Allí en Monos, en el tiempo de la violencia, tiraban desde el tren, los cadáveres al rio.

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El puente colgante que unía las dos orillas se lo llevó una creciente hace tres año, y ya ni los cables están. Se los robaron. De las bases no quedan sino los restos. Ahora pasan sobre el rio en esta tarabita (foto) o andarivel. Este corto recorrido nos sirvió para ver de cerca el abandono de la vía. Los rieles tapados por la yerba y los polines han desaparecido en algunos tramos.

Detengámonos ahora en el aporte que en su ya conocido estilo de médico – profesor – y filósofo nos hizo para este recuento José de los Rios. Tituló sus impresiones :Volví a Virginias en carro. Dice así;

“Ese complejo laboratorio fisicoquímico que llaman memoria, no ha dejado perder el recuerdo de que un día, hace más de seis décadas, después de respirar humo de carbón de piedra a pleno pulmón, en un vagón del fallecido Ferrocarril de Antioquia, pasando por el Túnel de la Quiebra, llegué a este recodo de nuestra geografía llamado Virginias, estación del tren. Ahora regreso en otra salida con los Rotarios puebliadores. La primera vez fue por invitación de un amigo de mi padre.6

En este paseo volví a ese caserío que es corregimiento, hoy sin corregidor, de Berrío, que fue el más importante puerto fluvial de nuestro Departamento, cuando su funcionamiento estaba entre las prioridades de quienes tenían claro que por el agua y por las paralelas férreas es más ágil, más rápido y menos costosa la movilidad de carga y de pasajeros, domeñando de contera nuestra abrupta pero preciosa orografía. Para solaz de los cuatro gozetas de la vida, la ruta se engalanó en muchos trechos, con la amarilla florescencia de un gigante reconocido como polvillo, que al fin no pude saber si era del fino maderable.

Desaparecido el servicio de los trenes, el ingenio de los vecinos a la carrilera inventó las “marranita”, planchón, de hierro y madera, movido primero con la ayuda de una garrocha y ahora por una motocicleta prisionera, cuya rueda trasera va sobre el riel. Este criollo vehículo tiene capacidad para unos 10 pasajeros o para una tonelada de carga. En una de ellas dimos un paseo de media hora. Pero ahora a las traviesas le están pasando cuenta de cobro el inexorable paso del tiempo.

En esta nueva salida de los jechos pueblidores, que hemos tomado esta actividad como una más para seguir disfrutando la vida los días que nos restan, la meta era llegar al terruño del subjefe de estos paseadores, de don J. Enrique. El viaje duró doce horas largas y el recorrido fue de un poco más de trecientos kilómetros de los cuales, a diferencia de otros paseos, solamente 24 fueron por una de esas cuaternarias carreteritas en aceptables condiciones de tránsito.12

Pasamos por encima del de Túnel de la Quiebra, después de recorrer hasta Barbosa la doble calzada que llevará a Puerto Berrio, la misma que en pocos días darán al servicio hasta Pradera y en unos años, ojalá, empatara con las cacareadas autopistas de cuarta generación. Qué las obras avanzan, avanzan, aun en contra de los consabidos pesimismos de los que ni rajan ni prestan l´hacha.

18Quedamos sobrecogidos al volver a ver la majestuosa cascada de La Chorrera, a un lado de la estación El Limón, en la boca del túnel (foto) precioso accidente con el que nuestra maltratada naturaleza anuncia el nacimiento del río Nus, que desembocando al Nare rinde tributo a la aporreada arteria magdalenense. Antes de Cisneros nos esperaba, en su bella parcela, un invitado a esta jornada, el escritor y maestro de nuestra tierra: Juan José Hoyos, a quien sentimos güete en cada instante de la mutua compañía; lástima que el comandante no nos concedió unos minutos para admirar las orquídeas que doña Marta Velez Moreno, la esposa de Juan. Otro día será. Pasando por Cisneros, donde los obreros ferroviarios locales hicieron tributo al muerto tren con un monumento a la locomotora 45. En un santiamén estábamos en San José del Nus, el sitio programado para desayunar.

Después de ver a Juan Santiago devorar un chicharrón de 15 patas y un chorizo de más o menos un tercio de metro, uno cree que se va a estallar. El dueño del carro y los demás nos contentamos con un petit dejejéuner, breakfast o desayuno que llaman otros. Reanudamos la marcha y subimos rapidito al alto de Dolores para no alterar el cronograma que tan precisamente calculó para la jornada el avispado ingeniero comandante.

No creo que el casquito urbano de la tierra de Jota haya cambiado mucho desde mi primer paso por allí. A vuelo de pájaro al llegar pudimos dar fe que el periodista no hace la más mínima exageración en su autobiografía “Vida Conquistada”. Es más, por lo menos el suscrito, puede asegurar que este hombre tiene características de los mahatmas, de los magnánimos. En su tierra lo vimos explicitar la largueza pero con mayor fuerza la generosidad.

19La edificación que fungió como puesto de salud, construido por allá en los años setenta, tiene empacada la precaria dotación desde que esa figura y la de las promotoras rurales de salud fueran borradas de un plumazo por la Ley 100. Aprovechando la atención que nos dispensara Margarita Gómez, una auxiliar de enfermería oriunda de la localidad, del vicepresidente de la Acción Comunal, Héctor Hernán Monsalve y de los señores Miguel Arcángel Calderón y Francisco Londoño, todos interesados en bienestar de sus paisanos, comenté algunas ideas simples que consideré útiles y al alcance de las circunstancias para tener unos servicios mínimos de salud, con el anhelo de ver al menos una hecha realidad. Nos llamaron la atención dos locales, uno para el comando y vivienda de policía, que hace años allí no hace presencia, y otro donde funcionaba la secundaria cuando los estudiantes estaban separados por sexo, pero que hace tiempos solo albergan el correr de los días y el viento de la soledad. Algunas ideas también surgieron para que fueran ocupados con algún programa comunitario. Se me ocurrió que una práctica en desarrollo humano de unos universitarios tendría allí un inagotable filón. Claro que esto requiere liderazgos locales que no se ven.20

Un encuentro con los estudiantes de secundaria fue para mí todo un acontecimiento. Muy atentos me oyeron el mensaje de lo que era la misión del ser humano en el mundo: amar y servir y espero que me haya hecho entender cuando les expliqué, con histrionismo amable, lo necesaria que era la imaginación para quienes querían salir adelante, por ser ella la generadora de la creatividad y además les conté cuáles eran los cinco motores que la estimulan, (lecturas, apreciar el arte, apreciar la naturaleza, viajar y escribir algo) asuntos que en varias oportunidades he tratado en mis cartas. A uno de los alumnos, el autor de “Vida Conquistada”, le entregó un ejemplar con la condición de que se lo preste a todos los que la quieran leer. Ojalá, cumpla, porque ese texto es un tesoro.

En la casa de Olga Ríos, la hermana de Jota, para atendernos cometieron dos “icidios”: un gallicidio y un gallinicidio. Con las carnes de estos inocentes animalitos, unas sobrinas de nuestro compañero, nos sirvieron un abundante plato de ave de corto vuelo que hizo las delicias de todos y especialmente de nuestro campeón de la manduqueadera a quien por primera vez le faltó estómago, pero no ojos, para dar cuenta de los dos pescuezos rellenos, disponibles.

Margarita nos empacó para el regreso unos fiambres, de esos tradicionales -migas de papa, tajadas de maduro, huevo entero y carne- envueltos en hojas de plátano oreadas, que saboreamos en casa. (Se nos olvidó entregarle a Juan Jose Hoyos el suyo, al quedarse en su finca de Cisneros, y adivinen quien se apuntó a él para dobletearse: claro que Juan Santiago Villa. La cantaleteada cosecha de zapotes ya había pasado, pero no nos explicamos cómo diablos hizo Carlos Vásquez, hijo de Olga, para que conseguirnos docena y media, seguramente repelados en las vecindades. Alcanzó esta prueba para el Gobernador Rotario W. Meyer, para la Presidente Ligia Botero, para Alvaro Villegas Mejía y para Waldemar Rey.

Hasta luego Virginias, nos hiciste recordar muchas cosas y sentir la apremiante necesidad de hacerte mirar con compasión por muchos para que la solidaridad haga aclimatar la equidad en ese terruño. El sacerdote, en el atrio del templo, grande como lo mandan las tradiciones culturales de nuestras gentes, me impartió la absolución aunque le advertí que hace mucho no me quedaba tiempo para pecar”.21

El helecho para chamuscar el marro de fin de semana, hay que alistarlo desde antes

El nombre de Francisco Javier Cisneros está ligado a la historia de los ferrocarriles en Colombia. El empresario e ingeniero cubano trazó y empezó en 1874   la construcción del Ferrocarril de Antioquia partiendo de Puerto Berrío, pero   debido al estallido en 1899 de la llamada guerra de los mil días, la via solo alcanzó a llegar hasta la estación Pavas, 3 kilómetros adelante Virginias. Su colega, nuestro ingeniero rotario puebliador Carlos Eugenio Gonzalez nos echó en este viaje el siguiente cuento , que según él, tiene sus partecitas de historia por ahí entreveradas “pa’que sepan quién diablos era ese Cisneros tan mentado”.

“Francisco Javier Cisneros fu un patriota cubano que estudió en el seminario con Monseñor Rojas, Luis Fernando Velasquez, Juan María Cock y Jota Enrique Rios entre otros rotarios que estoy investigando y que estudiaron para sacerdotes. De todas esas vocaciones no cuajó sino una: la de Monseñor Rojas. Estudió Cisneros después de pasar por el seminario, Ingeniería civil en la famosa Universidad de la Habana, que no sé si el barbudo ese ya la acabó, y se especializó luego en EEUU donde conoció a Lucio Chiquito chiquito. Volvió a Cuba y se dedicó a luchar contra los españoles en la guerra de los 10 años que duró casi once. La primera vez que estuvo por Colombia fue en 1870 cuando vino a organizar una expedición de caucanos para llevar a pelear a Cuba contra el gobierno Español. Me cogí el dato de que ninguno de ellos era Rotario, porque la fama que dejaron fue que pelearon como “leones”.  En ese entonces era Cisneros director de un periódico y después fue nombrado General del ejército insurgente. Los españoles lo juzgaron y condenaron a muerte;  por eso se tuvo que volar de la isla.

Se quitó el bigote y las patillas; se peinó de pa’tras  para que no lo reconocieran y así camuflado se metió a un barco mercante que iba para Nueva York.

Nunca podré morirme/mi corazón no lo tengo aquí./Alguien me está esperando,/me está aguardando que vuelva aquí./ “Cuando salí de Cuba,/dejé mi vida dejé mi amor./Cuando salí de Cuba,/dejé enterrado mi corazón.” No vayan a pensar que esa estrofita es de él, ni mucho menos de De la Calle y su banda; es de Celia Cruz y su combo.

-A Pachito lo mataron en Nueva York decía todo el mundo;   hasta salió en la prensa y todo.

Un amigo de esos que no faltan y que se encargan de las malas noticias,  se metió el periódico debajo del sobaco y se fue a la carrera a contarle a Doña Magdalena la esposa. Tocó la puerta y Doña Magola que alcanzó a oír, le dijo a la dentrodera: – Rosa, andá a ver quién está tocando?  Decí que aquí se da los miércoles.
-Misia Magola, es Don Pedrito que quiere darle una razón, gritó Rosita.
-Hacelo pasar y que se siente en el vestíbulo un ratico que yo ya voy. Dale un cafecito mientras tanto.

Doña Magdalena Morrilla se quitó la levantadora, se arregló las greñas, se puso el vestido de ayer, dos góticas de perfume y bajó.

– Hola Don Pedrito ¿porqué está con esa cara tan larga, que le pasó?.

– Doña Magola es que vengo a dale una noticia muy triste.

– Que pasó? Decime rapidito.

-Es que a Pachito …

– Que le pasó a ese sualmártaga, se consiguió una vieja de esas que llaman jineteras en Cuba o qué?

Ya le iba a soltar la noticia Don Pedrito cuando sonó la puerta.

Doña Magola le gritó a Rosita:

-Rosita andá a ver quien entró, fue que dejates la puerta abierta o que.
Y saben que: fue entrando el Doctor Cisneros como si nada.

Desde ese momento se dedicó Cisneros a construir ferrocarriles por toda Colombia. Uno de ellos el Ferrocarril de Antioquia.

Terminado este cuento-historia, paramos en Providencia a saludar a un viejo amigo de Juan José que andaba enfermo: Laureano Sierra, de la familia nada menos que de Pepe Sierra, de Girardota y de Los Gavilanes Sierra, de San Roque y Providencia. No   quiso que lo trajéramos al Hospital de Cisneros. Nos atendió como Dios manda en su tienda, frente a una hermosa calle repleta de coloridos jardines, un atractivo visual y un regalo para el espíritu que puebliadores como nosotros disfrutamos hasta el cogollo.22

Este caserío, formado y en crecimiento, entre la estación férrea y la carretera, se ha llenado de mineros por todas partes. Lo jardines de las casas, son de fama (foto). En su jurisdicción está en montaje lo que se dice va a será la explotación minera de oro mas grande del pais, por el alto contenido de este metal precioso de las tierra de la zona, según lo que revelan las exploraciones iniciales en la región.23

Avanzamos y al paso por Cisneros nos atajó un entierro, cuyo féretro era llevado en hombros por los dolientes, que iban pie en tierra, detrás del carro fúnebre. No tuvimos tiempo de averiguar quién era el difunto, ni qué había muerto, pero por el numeroso grupo de acompañantes nos pareció que podría haber sido un “cacao” del pueblo. Segunda puebliada en la que nos toca entierro. En Güintar, la vez pasada, también.

Llegamos a la parcela de Juan José, arriados por el tiempo, dado que nuestro conductor tiene prohibido por su oculista, manejar entre las 5.00pm y las 6.30 de la tarde. Le devolvimos a doña Martha Velez Moreno su esposo en buen estado, como nos lo entregó en la mañana. Cargado eso sí de emociones contradictorias y de anotaciones para historias que más adelante seguramente contará….y con ganas de que le repitiéramos la invitación. Con una sola expresión, al despedirse, lo resumió todo: “Ehh ave maría…increíble. Gracias por llevarme””24

Esta hermosa imagen de matorral de cascabeles o maracas nos despidió a la salida de la casa de nuestro invitado. Quedamos comprometidos a atenderle una invitación-que ojalá llegue pronto- a visitar y recorrer su hermosa parcelita un dia de estos montada con el sudor de su mente, producto de toda una vida de periodista y docente y de los muy buenos libros de texto, crónicas, novelas que ha escrito.

PRÓXIMA PUEBLIADA: SAN PEDRO, ENTRERRIOS, SANTA ROSA, DON MATÍAS – ESPERE LA CRÓNICA