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DEL CONFLICTO A LA ESPERANZA II

Don Antonio, destapó los fiambres y empezó a repartirlos, yo seguía montada en la mula, la mirada perdida y la mente puesta en el remolino chupamanchas que habíamos acabado de pasar, Laura P e Iván comenzaron a decirme que me bajara pues, pero yo no les respondía. Don Antonio, se acercó, me despegó las manos de la rienda , los pies de los estribos y me obligó a apoyarme en su hombro, tuvo que hacer un enorme esfuerzo para no irnos al suelo los dos, yo no podía moverme, literalmente, me abrió la mano izquierda y descargó  la hoja del fiambre sobre ella, luego me abrió la mano derecha y me entregó la cuchara, “ coma pues mi niña, haga el deber porque si no se nos muere”, la hoja de biao aún estaba tibia, intenté atrapar algo de arroz y llevármelo a la boca pero el temblor hizo que se cayeran de nuevo la mitad de los arroces, empecé a masticar  lo que alcanzó a atrapar mi boca y sentí un exquisito sabor  a comino, dejé la cuchara a un lado y cogí la presa de pollo, con poca fuerza desgarré un poco y lo mastiqué despacio, el agua me corría por el rostro y di gracias al cielo porque estaba llorando, del frío , de la rabia conmigo misma, de la capa rota, de la lluvia que no paraba,  del saco que no me protegía del frío , de la inclemencia del Páramo del Paramillo, del maldito remolino chupamanchas, de mis manos que no me obedecían, de mis dientes que castañeaban sin mi permiso.

Me pregunté qué hacía ahí, y por un instante pensé en las tardes de sábado con  mis padres, de las siestas al lado de mi madre con cobija calurosa y anhelé como nunca en la vida ese cafecito con más amor que cafeína con el que siempre me recibía  mi papá.

No comí más de tres bocados, no me daba la vida. Iván sacó su teléfono inteligente y dijo  “ estamos a 2800 metros, 2 grados centígrados” pensé que esa medición era errada, a mi me era imposible soportar en Medellín , abrigada con chaqueta  y bufanda, una temperatura de 16 grados! 2 grados centígrados, y mojada seguro ya me habrían matado!

Las sobras se la comió Lobo, un labrador preciosamente blanco que nos acompañó todo el camino, emprendimos el viaje otra vez, don Antonio me tuvo que montar de nuevo a la mula, yo seguía sin hablar, con la mirada perdida, tanto que Iván y Laura P. dejaron de hacer chistes convencidos de que yo estaba enojada.

Iniciamos el descenso y oí que don Antonio  me dijo “ Sandra en media horita cambia el clima, espere y verá”, lo miré sin atinar a decirle nada, pero el camino era estrecho, recubierto de musgo a lado y lado por el que bajaba agua todo el tiempo, la neblina comenzó a desaparecer y sí, gracias al cielo, en media hora apareció un tímido rayo de sol.

Escampó, le entregué la capa a Don Otoniel y me quité el saco y lo escurrí, solté el caucho que me sujetaba el cabello y los espolvoreé para que se me secara al sol, el camibuzo estaba completamente  mojado, no como cuando se saca la ropa de la lavadora, si no cuando se escurre a mano, así como el bluyín, pero ni modo de quitármelos, comencé a hablar de nuevo y mis compañeros de viaje a burlarse de mi, entonces Iván dijo “ Ella siempre es así, cuando está brava no habla, yo sólo la he visto enojada una vez, que íbamos para El Aro y al arriero le dio por pegarle a la mula justo en un abismo, ese día supe cómo era la Jefa brava”.  Les aclaré que no estaba brava con nadie, si no conmigo misma por  mi falta de autocontrol, como si fuera la primera vez que tuviera condiciones adversas, entonces don Antonio  dijo “ Ahh yo quiero una mujer así, que no hablé cuando se enojé” , todos estallamos en risas.

Y el sol comenzó a calentar en forma, y yo a recuperar mi ánimo, otra vez entablé conversación animada con don Antonio, me contó de su juventud, de la vez que los desplazaron y le quemaron la casa y los cultivos, de cómo se recuperó solito, sin la ayuda de nadie, ni siquiera de “ esos subsidios del gobierno”.

En un recodo del camino nos encontramos de frente con 3 hombres y un niño, que venían con 7 caballos , en sus camisetas estaba estampado el escudo de las FARC , igual que en sus pañoletas y gorras, me asusté, pero saludaron amigablemente a don Antonio y él le dijo a uno de ellos “ Qué hubo mijo”, entonces Laura P.  me dijo, “ Vea Sandra le presentó a mi hermanito” , un joven monito, de dientes grandes me extendió la mano y le dije “ Mucho gusto Sandra Jaramillo”, él me sonrió.

Laura P.  le dijo “ ¿ vienen de Balsitas? Y él  le hizo con la cabeza que sí, concentré mi atención en el niño, venía chupándose un bombón de coco, de esos que son negros y que a mí me gustan mucho. Don Antonio  le entregó el fiambre de bolsita,  como había ordenada doña Flor , y el niño se apresuró a recibirlo. Sólo ahí comprendí que no era que el joven viniera de arrear ganado o de sacar algún producto, si no que, me dijeron después, de escoltar a un grupo de comandantes que iban para el Yarí a la X Conferencia de las FARC.

Nos despedimos, don Antonio me dijo “ mama es mama, ella sabía que nos lo íbamos a encontrar, yo pensé que no y ya estaba que hacía otra parada a comerme lo de esa bolsa” , le pregunté qué cuánto hacía que estaba en las FARC y  me dijo “ Humm hace como un año ya, yo no sé qué pasa con estos hijos míos, me he esforzado en conseguir y conseguir tierras para que ellos trabajaran, y no les tocara jornalearle a nadie, a este le entregué una finca, ahora la ve, por ahí pasamos, con un potrero grande y ganado, le dije que se llevara una mujer para que no se aburriera, y como a los cuatro meses, me dijo que se iba con esta gente, no sé por qué les gusta esa vida como es de dura, durmiendo por ahí en un cambuche, sabiendo que nosotros tenemos casa cómoda, comida siempre …” y se quedó mirando al horizonte. Laura P. me había advertido ya que a su padre nunca le gustó la decisión que ella había tomado cuando ingresó a las FARC y que se sentía muy decepcionado que cuatro de sus hijos estuvieron con ese grupo.

Llegamos a lo que ellos llamaban la comunidad de Antadó, que había sido un caserío próspero, porque allí funcionaba una especie de cárcel, donde llevaban presos a cultivar la tierra, de eso sólo quedaba una virgen en un altico y una casa, que recientemente había construido don Antonio  y que era la que le había regalado al hijo con que nos habíamos acabado de encontrar. Avistamos la casa y yo feliz de saber que iba poder entrar a un baño.

Nos atendieron un par de chicas muy risueñas, tenían tienda entonces tomamos gaseosa y papitas de paquete, puse mi saco en una lata caliente a ver si se me terminaba de secar y con entusiasmo le dije a las niñas, una de ellas embarazada. que sí me prestaban el baño, respondieron en coro: “ Aquí no tenemos baño”, pensé que no me habían entendido, entonces tercamente insistí “ Pues ducha no, donde uno hace chichi”, se murieron de la risa, y me dijeron otra vez “ no, aquí no tenemos baño”.

“ Ahh entiendo” les dije “ entonces  donde hago chichi “ , “ Ahí atrás, donde quiera”, don Antonio, Laura P.  e Iván no paraban de reírse de mi, y les dije “ Jumm me aguanté 4 horas para no hacer en la manga y acá toca en la manga”, tomé los pañitos húmedos, me fui para “ atrás “ y como mi vejiga se negaba a descargarse pese a lo llena que estaba, debí cerrar los ojos, imaginar que estaba en el baño de mi apartamento y producir el sonido de nuestra niñez :sssssssssss

Sin peso en la vejiga, con el estómago satisfecho por las papitas de paquete y una chocolatina Jet, le hice una entrevista a don Antonio sobre su expectativa del proceso de paz, me contó que era su mayor anhelo. Seguimos, nos faltaban cuatro horitas de camino, pero por travesía, que es cuando la mula o mejor la silla maltrata menos.

Eran como las cinco de la tarde cuando llegamos a San Jorge, nuestro destino final , allí estaba viviendo Nando*, un primo de Laura P. , en la casita que fuera la de su niñez. Ella  experimentó una tristeza teñida con rabia, mientras nos decía,    “ aquí había una casa, y allí otra y detrás otra, acá habían por ahí 10 casas”, pero no se veía ni siquiera el rastro, ni un muro, ni una plancha , todo arrasado y ya cubierto por la maleza,  “ en este punto era la escuela” , y sí había una estantería metálica que daba cuenta  que decía la verdad.

Avanzamos y nos dijo, unos metros antes de entrar a la casa, “ este era el cementerio”, se bajó del caballo y comenzó a destapar lápidas con sus botas y vimos algunas cubiertas por el tiempo y la naturaleza.

Llegamos donde Nando*, vivía con un hijo, de unos 14 años, su esposa con la que había acabado de tener un bebé, y una cuñada. La casita estaba muy descuidada, le entregué a las muchachas unas bolsitas que les llevábamos con arroz, café, jamonetas , galletas dulces, saladas, azúcar y leche en polvo, me las agradecieron con sonrisa y de inmediato destaparon las galletas dulces.

Les pedí un cuarto para cambiarme la ropa y me puse una sudadera y otro camibuso, me quité los tenis y puse el saco en unos palos sobre el fogón de leña y los zapatos  debajo, con el ánimo de que se secaran para el día siguiente.

Media hora después nos estaban ofreciendo la comida, arroz, impecablemente blanco, huevo y jamoneta fritos y tajaditas de maduro, confieso que no comí, devoré, para rematar nos trajeron de sobremesa café en leche en polvo, batido en la chocolatera, ese suculento menú y bebida terminaron de volver a la vida a la Sandra que hacia el medio día se había sumido en el mutismo. Comencé a reírme de nuevo, a preguntarle a Nando* por el trabajo en ese remoto lugar , a hablar con las chicas en la cocina y a cargar el bebé, diciéndoles que no veía la hora en ser abuela, ellas se morían de la risa.

Nos sentamos alrededor de la mesa, Laura P. recuperó el ánimo, y don Antonio  sacó, lo que tenía reservado, para lo que dijo era, “ una ocasión especial” , una botella de Old Parr. La sorpresa fue mayúscula, yo sé que uno puede tomar lo que sea, en donde sea y con quien sea, pero qué  señor tan fino, me dije, bien podría haber sacado una botella de aguardiente, o de chicha, pero Whisky??? En esas lejanías??? Cómo haría para que doña Flor, que le ayudó con los aperos, no se enterara, me pregunté entre risas.

Bebimos entusiasmados y a la luz de una vela, no es raro comprender que no haya electrificación por allá, yo pedí más café para revolverlo con el Whisky, que montañera cierto? Pero es que esa bebida tan exclusiva nunca me ha sabido buena. Don Antonio  estaba contento, con nosotros, con su sobrino, con su hija, con el hecho de que fuera la primera vez que una periodista y un señor camarógrafo llegaban hasta ese sitio a mostrar sus realidades.

* Nombres ficticios

Por: Sandra Jaramillo

No te pierdas el final de este relato, una travesía agreste y llena de humedad.

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