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Junio 24-25 de 2015, Corregimiento El Aro del Municipio de Ituango, Antioquia

Nos habían advertido lo tortuoso del viaje, las condiciones del camino, el clima, los bichos en fin. Nos habían advertido incluso que ese camino que íbamos a tomar no era el indicado, que era mejor llegar por Puerto Valvidia , de allí tomar una lancha, y luego arribar al corregimiento en mula, que serían solo tres horas y no cinco como nos decían saliendo de Palestina, como conocían en la zona el punto de partida seleccionado ese jueves.

La empresa contratista quería que registráramos en video y en fotografía las intervenciones que estaban haciendo en el Corregimiento El Aro de Ituango Antioquia, especialmente en materia de salud.

Nosotros no teníamos manera de tomar decisiones, ni de sugerir otro camino, así lo habían determinado los encargados del viaje, una señora adulta que coordinaba la misión y la enfermera Jefe del Hospital de Ituango.

Tomamos las mulas, el mulero, Esneider bastante callado, tímido, de pocas palabras y muy , muy joven. Lisbet* era una chica recién llegada a la empresa contratista y nunca había montado en mula! Nosotros, Iván, Rafa y yo, sí teníamos experiencia en ese tipo de trasporte pero máximo tres horas. Por nuestra falta de destreza, el desconocimiento del camino por parte de las mulas y la pasividad de Esneider , las cinco horas se convirtieron en siete.

El paisaje hermoso, como lo es toda nuestra geografía colombiana, debimos recorrer cinco montañas para arribar a nuestro destino, lo triste fue que tres de ellas estaban completamente sembradas de coca, no la conocía, en persona, mis compañeros de viaje masticaron algunas hojas para mitigar el cansancio, yo ni alientos tenía de poner a funcionar mis enormes dientes.

Entendí lo insulso de los diálogos de paz en La Habana, la payasada de un espectáculo que como siempre no conducirá a nada si al campo, a los campesinos, quienes proveen nuestra seguridad alimentaria, no se les dan condiciones reales y viables de vida.

Esas montañas llenas de coca podrían estar llenas de zanahorias, tomates, fríjoles, maíz o plátanos, pero para El Aro no hay vía carreteable, y sacar en mula estos productos para Ituango o Puerto Valdivia , por ejemplo, les valdría una fortuna que no alcanzarían a pagar con lo que lograran vender esas cosechas, ya lo habían probado todo y de diferentes maneras. A la coca no hay que cuidarla siquiera, ni fumigarla, ni abonarla , ni regarla, solo sembrarla y rasparla, y se las recogen sin costo alguno.

Esta situación que es la misma de muchas otras zonas del país, le plantea a uno una pregunta que se queda sin respuesta : ¿Habrá paz en Colombia, con casos como este por todo el país?

Después de una parada obligada en una fonda a estirarnos un poquito y beber lo que fuera helado, retomamos el camino, el cuerpo poco acostumbrado a estas jornadas se resiente más de lo acostumbrado, las nalgas por grandes que se tengan duelen, duele la vagina de tanto golpearla contra el pomo de la silla en las bajadas , los brazos pasan su cuenta de cobro por la tensión y las manos se entumecen de tanto tener la rienda evitando uno, de manera ignorante, que la mula tome el despeñadero que todo el tiempo acompaña el viaje.

Como a las 4 de la tarde avistamos el corregimiento, en un pequeño valle, pero en lo alto de una de las montañas, estaba a dos montañas y media! Internamente creí que esa meta me iba a ser imposible ese día, pero no, por fortuna lo logramos y al entrar por un camino empedrado y ya perdido entre la maleza algunas personas al sonar de los cascos de los caballos se asomaron por la ventanas y nos volearon la mano, me sentí como en esas películas donde los héroes llegan victoriosos y son recibidos por sus coterráneos con pétalos de flores y gritos, no hubo ninguna de estas cosas, pero sí una bienvenida cálida por parte de la madre del mulero que nos ofreció agua,Lisbet y yo la bebimos con ansiedad, pero descubrimos que sabía a humo y que estaba lejos de estar siquiera medianamente fría.

Eran casi las 6 de la tarde , con poca luz para iniciar nuestro trabajo de fotografías, video, entrevistas, en fin. El Aro es un caserío igualito a un pesebre, con una Iglesia enorme para el lugar, pero sin sacerdote, que se fue porque se cansó de que la gente ni a misa fuera. Alrededor de su Parque Principal, hay unas 20 coloridas casitas, todas con la misma arquitectura, una puerta en la mitad y dos ventanas a los lados. Una tienda en una esquina y justo enfrente una especie de bar. Al final de mi jornada periodística solicité en los dos un cigarrillo pero no habían, buen trabajo el de Reina Dolly, que les ha enseñado que fumar da cáncer.

Reina Dolly es una técnica en enfermería que igual atienda vacas que a mujeres parturientas, llegó hace unos dos años al Aro, con la misión, por parte del Hospital de Ituango, de brindar una atención primaria en salud a sus habitantes, la empresa que nos contrató ha apoyado con diferentes recursos este trabajo. Pero ella ha ido más allá, les ha enseñado hábitos saludables, a tener cuidado en la preparación de sus alimentos, a ser más aseados e incluso a resolver sus diferencias de una manera concertada. En El Aro Reina Dolly, es toda una Reina.

Esa tarde-noche logré hacer gran parte de nuestro trabajo, pues muchas personas habían llegado de veredas aún más lejanas a una reunión citada por Reina Dolly, pudimos abordar diferentes temáticas sobre toda la intervención y entendimos que en Colombia lo que falta, entre muchas otras cosas, es prestarle atención a la gente, no es darle, es enseñarle y ya, nadie pide nada material, y menos la gente del campo, enseñada a trabajar tan duramente como se trabaja la tierra, a gritos sí se solicita educación.

Dormimos bien, en parte obvio por el cansancio, pero también porque Reina Dolly nos acomodó en colchonetas en su Puesto de Salud. Iván, Rafa y yo estábamos en pie a las 5 de la mañana, porque el mulero nos dijo que más tarde de las 9 no podíamos salir, de lo contrario devolverse para él era un peligro, por estos caminos la guerrilla les tiene prohibido a los campesinos movilizarse después de las 6 de la tarde.

Las imágenes y las fotografías quedaron preciosas, o lo lejos, en el fondo y en lo alto de una cordillera se observa Valdivia, el cielo completamente azul nos permitió maravillarnos aún más del colorido de El Aro, de su única calle bien trazada y del trabajo de Reina Dolly por el aseo de todas las áreas comunes del caserío.

Le hice notar a Iván, mi camarógrafo, que no habían gallinas por ningún lado, entonces me preguntó de manera ingenua: ¿ Ay Jefa entonces que fue eso que nos dieron anoche? A lo que le respondí con naturalidad y entre risas : Pues hombre o era la última que quedaba o era gallinazo, y ahora estoy convencida porque ese caldo estaba muy oscuro y las presas algo extrañas! Casi se vomita! Pero lo tranquilicé diciéndolo que ahora teníamos la ventaja de no contraer cáncer. ( Si…como no? )

Hacia las 9 y 30 de la mañana emprendimos el viaje de regreso, en mi cabeza todo era ansiedad, mi mula se ranchó apenas saliendo y lo siguió haciendo todo el recorrido y siempre que veía un portillo. Tulio, el nuevo o el verdadero mulero, más avezado, la amarró a la suya y así se le puso tatequieto   al animalito, pero la de Rafa caminaba lento y la de Iván, según él, intentó morderlo y tirarlo por un volado.

Al cansancio del día anterior se sumó el del regreso, el calor fue más intenso y la ansiedad hizo de las suyas en la mente, me sentí enloquecer, perder las esperanzas de volver a casa, me bajé una hora y media antes de llegar al punto de partida del día anterior, pero las piernas no me respondieron y las rodillas se me deschonclaron , me subí de nuevo con algo de decepción de mi misma, de mi estado físico en decadencia y de mi falta de control mental. Tulio me dijo “ ¡Ay muchacha toy tan cansao!” y me sorprendí diciéndolo con algo de sequedad : “¡ Si eso es Usted que está acostumbrado, qué diremos nosotros!”.

Por fin vi en una curva el alambrado de púas y estacones de madera inmunizada donde el día anterior habían estado las mulas esperándonos, me bajé con algo de rabia, con tristeza profunda por esa Colombia ahí en nuestras narices abandonada y dolida. Por personas como Tulio que trabajan con esperanza de que pronto llegará una oportunidad para ellos. Lisbet estaba descompuesta, apenas si me despedí de los demás y les di las gracias, no sé ni por qué.
Le pedí disculpas a Tulio por haberle puesto más problema de la cuenta, a lo que con cortesía de buen caballero respondió que no había sido molestia, que antes pensaba que le iba a ir peor.

Luego de otras cuatro horas en carro para llegar a casa, logré darme la ducha que quería y tomarme mi cafecito en pocillo con paisajes de Holanda, mi preferido. Al día siguiente en la oficina investigué más sobre la Masacre del Aro, la que a mediados de Octubre de 1997 dejó 17 personas muertas a manos de paramilitares que los acusaron de ser auxiliadores de la guerrilla, saquearon las viviendas e incendiaron el caserío, esos métodos que se repiten de la misma manera, solo que en diferentes escenarios de una gran obra de teatro que se llama Colombia.

El Aro estuvo abandonado por mucho tiempo, en los últimos cinco años algunos de sus habitantes decidieron retornar, luego de cansarse de pasar hambre y necesidad en tugurios o casas de familiares.

Hoy solo desean vivir en esa paz que les proporciona estar entre las montañas, cultivar productos agrícolas y que les hagan la vía para poder sacar sus cosechas a los pueblos cercanos, venderlos y dar mejores oportunidades a sus hijos, muy difícil lograr ese sueño? Me pregunté con esa rabiecita teñida de impotencia.

** Nombre ficticio

La próxima semana otra Crónica del más allá…

Por : Sandra Jaramillo