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Eventos en Medellín

El transporte que nos faltaba. Briceño, noviembre 11 de 2015

Briceño se encuentra a unas cuatro horas de Medellín, después de pasar Yarumal, en la Vía que conduce a la Costa Atlántica, uno se entra a la izquierda, justo en el lugar en el que se divisa, a menos de 12 kilómetros, Puerto Valdivia.

Después de desviarse y por una vía destapada, pero adornada por espectaculares cascadas a lo largo del recorrido, se llega a Briceño, luego de una hora y media aproximadamente. Pero nosotros no íbamos para la cabecera, si no para Pueblo Nuevo, una Vereda a la que llegar es bastante complejo, en especial porque la Quebrada El Juez, se creció y dañó la parte por donde las camionetas de doble tracción podían pasar. Entonces tuvimos que hacer trasbordo y cruzar el río por un par de troncos que la comunidad acomodó entre dos piedras.

Debí entonces amarrar muy bien mis zapatos, cruzarme el bolso hacia adelante para que , según mi simpático pensamiento, hiciera presión en ese sentido y no fuera a jalarme hacia atrás. Disimulando otra vez el miedo comencé a cruzar, fijándome bien donde ponía el siguiente pié, pero sin demorarme mucho para no llamar la atención, no miré el río, sólo el tronco del que me sostenía con las manos. Las demás chicas que iban en el grupo se devolvieron y pasaron a caballo.

Luego caminamos una media hora y tomamos otra camioneta que nos estaba esperando. Como siempre, el paisaje se me antojó, en muchos tramos, inhóspito y exuberante! Hermoso y virgen. Luego llegamos a un gran cultivo de coca, estaban raspando, dijo César, un joven que nos acompañó y que era el dueño del vehículo. Esta situación se me hizo absolutamente extraña, el lugar es paso obligado del Ejército, pues a unos 15 minutos de Pueblo Nuevo, queda el Orejón, sitio piloto donde se está adelantando el desminado humanitario, del que se hablaba mucho en La Habana, Cuba, por aquellos días.

Llegamos a Pueblo Nuevo, todo un pesebre, conté 10 casas, una escuela o mejor Institución Educativa , que alberga 60 niños desde pre-escolar hasta noveno, una iglesita y un puesto de salud.

La empresa contratista entregaría una dotación de libros para la biblioteca del lugar y nuestro trabajo consistía en realizar un video con todas las penurias que significaba esa donación. La maestra y sus alumnos habían preparado un Acto Cívico para la entrega.

Comenzó mi trabajo y fui feliz viendo que desde ese día las hadas, los duendes, las princesas, los unicornios, las pobres viejecitas y hasta la historia de Ghandi caricaturizada, entrarían a hacer parte de la cotidianidad de aquellos chicos. Que su universo, hasta entonces, limitado a esas montañas que parecen a los ojos infranqueables, se extendería por lo menos al mundo de la fantasía y la ensoñación.

Todos leían con avidez y hacían énfasis en las palabras cuando la cámara se les acercaba.

Me di cuenta rápidamente que no estábamos solos, unos señores con chalecos que decían Gestor de Paz, tomaban fotos y señalaban para todos los lados. Luego en un recorrido que hice por el caserío buscando un tinto, los vi jugando billar y tomando cerveza. A uno de mis acompañantes le pregunté por ellos y me dijo que eran quienes acompañaban la labor del desminando humanitario. Quedé desconcertada otra vez, o mejor, confundida.

Y precisamente para no darles tiempo de pensar a los Gestores de Paz , nos recomendaron salir del lugar lo antes posible, nos devolvimos igual, antes de pasar de nuevo por el transporte troncos sobre el río , César nos contó que la quebrada se llamaba el Juez porque con regularidad se crecía, y nunca se había vuelto a saber nada de un Juez que , pasando igual que nosotros, había caído en sus profundidades.

Retornamos al camino, por aquellas bellísimas montañas que se niegan a ser domesticadas y que albergan esa inequidad, presente en muchas otras geografías del país,   que creció como un monstruo de siete cabezas y que hoy somos incapaces de extirparlo. Me sentí esperanzada por esos niños que desde ese día tendrían otras historias que contar en sus aulas, un diminuto grano de arena en un inconmensurable mar de injusticias y violencia.

Por: Sandra Jaramillo.

No deje de seguirnos…la próxima semana tendremos una nueva crónica que refleja por qué los periodistas amamos tanto nuestra profesión, así muchas veces nos acerque al peligro.